Todas las clínicas dicen tener protocolos, pero no todas trabajan con ellos. Existe una diferencia enorme entre tener un documento guardado en una carpeta y tener un sistema que realmente se cumple cada día. Y esa diferencia no está en el papel, está en la dirección.
Un protocolo no falla por estar mal escrito, falla cuando deja de sostenerse
Quién debe implantarlos
Formalmente, los impulsa la dirección. Pero si se diseñan sin el equipo, están destinados a desgastarse. Los protocolos deben construirse con quienes los ejecutan. No para que cada uno haga lo que quiera, sino para asegurar que cada paso tiene sentido en la realidad diaria. El equipo detecta tiempos muertos, duplicidades, fricciones y detalles que desde la dirección no siempre se perciben.
Cuando el equipo participa:
- Entiende el propósito.
- Se compromete con el proceso.
- Detecta mejoras reales tras la implementación.
Un protocolo impuesto puede cumplirse por disciplina. Un protocolo compartido se sostiene por convicción

A quién afectan realmente
A todos. Y esta es la parte que muchas clínicas subestiman. Un protocolo no es solo para recepción, ni solo para auxiliares, ni solo para doctores. Es un sistema interconectado. Si un paso falla en un área, afecta al conjunto.
Los protocolos están diseñados como una secuencia lógica: cada acción tiene un porqué y un para qué. Saltarse un paso no es ganar tiempo, es alterar el resultado final. A veces el impacto no es inmediato, pero siempre aparece: en un error administrativo, en una mala comunicación con el paciente, en una repetición innecesaria de trabajo. Y cuando la dirección o los doctores no lo siguen, el mensaje implícito es claro: el protocolo es opcional. En ese momento deja de ser estándar y se convierte en sugerencia.

¿Cuándo se pueden saltar?
La respuesta profesional es: no se deben saltar, pero sí se deben revisar. Un protocolo no es estático. Una vez implantado, necesita seguimiento. Reuniones de análisis. Evaluación de resultados. Espacios donde el equipo pueda expresar qué funciona y qué debe ajustarse.
Lo que no se puede hacer es abandonarlo sin decisión consciente. Muchas clínicas implementan protocolos con entusiasmo inicial, pero sin sistema de seguimiento. No hay revisión periódica, no hay responsable de control, no hay medición. Y poco a poco se dejan de aplicar. Nadie lo detecta hasta que surge un error.
El problema no fue el protocolo. Fue la falta de liderazgo para sostenerlo
El verdadero valor de los protocolos
Los protocolos no complican el trabajo. Lo simplifican, reducen la improvisación, minimizan errores y liberan energía mental. Permiten que la clínica no dependa de la memoria individual ni del “yo lo hago así”. Una clínica que madura deja de funcionar por hábitos personales y empieza a funcionar por estándares compartidos.
Desde mi experiencia, los protocolos no están para limitar a nadie, sino para facilitarnos el día a día. Cuando se aplican con coherencia, dejan de ser una obligación y se convierten en el mejor aliado de la clínica.